Memoria de todas mis casas

Hugo M. Gris
6 min readApr 20, 2018

YO estoy sentado en el sofá de siempre, el rojo con lunares negros chiquititos escondidos bajo la sábana que mi abuela pone siempre para que no lo estropeemos. En la tele dan los dibujos animados que veo todos los días mientras meriendo, a la vuelta del colegio. Creo que el capítulo de hoy lo he visto ya unas cinco veces, pero no importa; nunca me canso y hoy, durante esta sexta vez, vuelvo a sentir que por más veces que repita no llegaré a hartarme nunca. Por suerte, la Yaya se ha acordado de comprar mis galletas favoritas y esta vez no se ha equivocado. Siempre me dice que no coma demasiadas, que luego no ceno, pero yo como hasta que no puedo más. Una tras otra, voy mojándolas en la leche chocolateada cuyo olor llena la casa todas las tardes de entresemana, haciéndose más flojo según pasan las horas, mezclándose con los aromas de la cena. La tarde va pasando y la bajada del sol pinta de amarillos y naranjas y rojos las paredes de la sala repleta hasta el techo de adornos, sobrecargada de figuritas, manteles, fotografías, espejitos, cajitas, porcelanas y oros. A veces me pregunto si las casas de todas las abuelas del mundo son iguales, con tantas cosas, quién sabe si con las mismas. Sin darme cuenta han pasado un par de horas y varios capítulos y empiezan a picarme los ojos de forzarlos a través de la oscuridad que ya cubre esta típica tarde de invierno. Oigo venir a la Yaya por el largo pasillo que conecta con la puerta de entrada y al que la luz nunca consigue llegar, sea la hora que sea. Sé que va a decir que ya va siendo hora de que haga mis deberes, que se me echa el tiempo encima y si no los termino antes de que vuelva papá del trabajo, se enfadará y no me dejará jugar a la consola un ratito antes de dormir. Yo siempre intento resistirme haciendo la croqueta en el sofá, retorciéndome contra unos cojines que huelen un poco raro, como a viejo. Mi abuela entonces se pone firme y me da algo de miedo, así que me levanto y la acompaño hasta la cocina. Mientras camino por el corredor paso por delante del dormitorio de la Yaya, siempre muy limpio, con las sábanas tiesas como si en realidad no durmiese nadie nunca allí y hubiese una cama secreta en algún sitio de la casa que no conozco. Del otro lado de la puerta abierta escapa un olor también raro que me hace cosquillas en la nuca. Nunca recuerdo el nombre, pero es algo así como naftanosequé y sirve para que las polillas no se coman la ropa. Un poco más allá está el baño marrón, el que yo suelo usar. También está el verde, dentro del dormitorio, pero solo lo usé aquella vez en que el marrón no funcionaba. No he vuelto a entrar desde entonces. Llegamos a la cocina. Sobre el fuego se oye el blub-blub de un par de calderos y ahora huele a sopa de pollo. Si lo pienso, la casa de mi abuela siempre huele a comida, da igual la hora que sea. Me siento a la mesa. Aún me cuelgan los pies, pero creo que dentro de poco llegaré al suelo. Al abrir la mochila el sonido de la cremallera hace eco porque la cocina es muy grande, con sus vitrinas llenas de platos y vasos, su despensa que no cierra bien, su ventana de madera con la pintura blanca caída, su pila de metal abollado, su puerta con mosquitero que da al patio y su vieja televisión estropeada. La mesa está cubierta con el que creo que es el único mantel que tiene la Yaya, a cuadrados amarillos y rojos. Me esperan unos horribles deberes de matemáticas y una lectura para lengua. Pronto se oirá el coche subiendo por la cuesta y llegarán papá y mamá y todos juntos, con la abuela y como siempre, cenaremos viendo la tele que funciona, de vuelta en el salón.

TÚ crecerás: te harás mayor y por el camino descubrirás el mundo y a ti mismo. Cambiarás: llegarás pronto al suelo tal y como creías, pero terminarás por cansarte de esos dibujos un par de años después, aunque al final los recordarás con infinito cariño; encontrarás un inesperado amor por las matemáticas en tu interior, por muy increíble que te parezca; la Yaya se irá, y con ella las tardes de leche y galletas, el aire recargado, las paredes de colores, las cenas lentas. Crecerás: tu mochila se hará cada vez más grande y más pesada y por su interior pasarán a toda prisa los escuetos libros de texto del instituto, los pesados manuales de la universidad, la muda de tu primer viaje sin tus padres, todos los recuerdos que consigas meter antes de irte de casa, ese refugio que pareciera inquebrantable y eterno y al que ya nunca volverás de verdad, solo en épocas de vacaciones, pequeños lapsos de tiempo en los que volver a sentir que todo está como siempre ha estado, y que así seguirá, con los pósters manteniendo el tipo en la pared, con los juguetes polvorientos pero fieles, con ese aroma mezcla de años vividos, lágrimas vertidas, carcajadas liberadas y secretos escondidos, con las sábanas con figuritas infantiles que te esperarán siempre para llevarte de vuelta a esas noches ligeras en las que el tiempo no pasaba. Pero pasará, fugaz, dolorosa e imparablemente pasará, aunque no debes preocuparte por ello, pues contigo te llevarás todo esto y mucho más: un puzzle cuya clave sólo se revelará ante ti y cuyas piezas pavimentarán el camino que te llevará de vuelta a ese sitio seguro del que formas parte y que forma parte de ti, ese lugar al que regresar. A cada casa, cada habitación, cada país, cada ciudad, cada compañero de piso, pareja y amigo, cada fiesta, cada hola y cada adiós se añadirán nuevos fragmentos a tu rompecabezas. Y no te voy a mentir, alguna se perderá. Aun así, insisto, no tienes de qué preocuparte: tus memorias viajarán contigo allí donde vayas, vivirán en tus objetos, en tu ropa, en los olores que se acumulen en la suma de los días, en las páginas escritas, en las paredes decoradas, las camas compartidas, las comidas disfrutadas, y todas ellas hablarán de esa senda recorrida, esos pasos torpes e inseguros que dejarán detrás de sí el camino de ida en el que, siempre que lo necesites, podrás darte la vuelta para desandar. Allí te espero y te esperaré, junto a todas las versiones de ti mismo, de nosotros mismos, que no pudieron continuar. Para reunirte con nosotros te bastará con recordar.

ÉL se ha parado a mirar. A su espalda se extienden días y días de vida, vivencias que se arremolinan en una bruma espesa y polvorienta como la de un desván poco visitado, recuerdos que se pierden más allá del horizonte de la memoria. Se ha detenido porque no tiene claro cuál es el siguiente paso, cómo continuar por esa vereda que le lleva a todo lo que está por venir. Ha suspendido el viaje unos instantes para recordar, para volver. Y lo ha hecho siguiendo el rastro de las piezas que forman su mundo, hecho de calles, plazas y vestíbulos, de pequeños mementos que siente como enormes monumentos, de todas las casas de cuyos aromas y colores se cubrió, de leche y galletas, del eco incansable de la televisión, de libros de matemáticas, de dibujos, de viejos azulejos de baño: todos esos objetos y lugares a los que hizo hueco en su vida y que a cambio le devolvieron un ancla inalterable frente a los embates de las mareas del tiempo. Y allí, al principio de todo, seha visto una vez más como ese niño que fue, que quiere volver a ser, y ha descubierto que, en realidad, nada cambiado, que todo cuanto era necesario estaba allí, con él, esperando a ese momento en que se decidiese a volver, sacudirse el polvo del camino, volver a calzarse y andar.

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Hugo M. Gris

Como el color. Arquitecto. Crítico. Videojuegos, arquitectura, cultura y ciudad. Ruta Z̡͊ę̢̛̥̮͒̃͑r̘͎̃͂͒͜o̲͇͔̓̀̏ ☭